28/4/16

'Literatura infantil, algo más que entretenimiento', por Antonio Rodríguez Almodóvar (Pregón #fls16)

LITERATURA INFANTIL,
ALGO MÁS QUE ENTRETENIMIENTO
(Pregón de la Feria del Libro de Sevilla, 2016)

Por Antonio Rodríguez Almodóvar
Académico Correspondiente de la RAE
        
Está convenido que literatura infantil es aquella que también interesa a los niños. Quiere decirse que, primero, ha de importar a todos. Y, solo de un modo particular, a los alevines de la tribu. Nadie sabe cómo sucede tal cosa, más parecida a un milagro, pero así ocurría con los cuentos de tradición oral. En la tertulia campesina, o en la del hogar, no se hacían distingos entre grandes y chicos. Se contaba para todo el que estaba por allí, y ya está. Luego, cada cual se enganchaba al relato,  la canción o el romance que más le gustaba. No se decía “niño, tápate los oídos”, o “salte un ratito a jugar”. No había censura previa, ni mucho menos se atendía a ese artefacto de “lo políticamente correcto”, que él solo puede acabar con la literatura toda, la grande y la chica. (Él solito, por decirlo con ese diminutivo tan expresivo del andaluz, que lo mismo sirve para los afectos más tiernos que para anunciar las mayores catástrofes. Pero ya volveremos a ocuparnos de esa plaga de nuestro tiempo). En materia de lo que conviene o no conviene a la mente infantil, perdonen que me atenga a una verdad de Perogrullo: si un niño entiende algo, es que su mente ya está por hacerlo.  Y si no lo entiende, no pasa nada; si acaso se aburrirá un poco más, como la pobre Alicia aquella tarde de verano a orillas del Támesis, justo antes de que un clérigo tartamudo intentara ponerle remedio a su situación. Pero esa es otra historia. Quería decir que, tanto en un caso como en otro, ¿dónde está el problema? ¿No estará por ventura en la mente compleja de algunos adultos, en sus propios prejuicios o dilemas morales?
  
      Claro que las cosas han cambiado mucho desde entonces, desde que la literatura oral hacía su aparición de un modo tan natural como la lluvia y el viento. La tertulia familiar anda de capa caída, como todo el mundo sabe; ya se encarga de ello la Santa Televisión. Y la tertulia campesina, para qué decir. Antaño la gente dormía en los cortijos. Hoy con la amotillo todo está resuelto. A casa y a ver el partido.
         Tanto han cambiado las cosas que, en plena revolución tecnológica,  ya ni se sabe cuándo fue aquel día en que surgió el concepto, más bien mágico, como corresponde a la materia en cuestión: literatura infantil. Tal vez fue aquella memorable tarde del 4 de julio de 1862, cuando el profesor de matemáticas del Trinity College -la verdad no se sabe muy bien con qué intenciones-, empujó a Alicia  a la cueva del inconsciente. No sería mal comienzo. Todo cuento maravilloso, por si no lo saben, se refiere al pozo que hay debajo. El mismo al que descendió  Don Quijote, en la singular aventura de la Cueva de Montesinos. Por cierto, tal como lo hace Juan el Oso, uno de los cuentos más antiguos del mundo, que Cervantes conocía muy bien. Tan bien, como para hacerle decir al hidalgo, en ese preciso momento: “Inadvertidos hemos andados de no habernos proveído  de un  esquilón pequeño [una campanilla] , que fuera atado junto a mí en esta mesma soga” [1]Se trata de la misma campanilla que lleva Juan el Oso en su bajada a la cueva donde mora la princesa encantada. (Sirva esta referencia de mi particular homenaje a don Miguel, que de folclore sabía un rato, en el cuarto centenario de su muerte). [2] En todo caso, algo nuevo, y un tanto equívoco, apareció en el panorama de las letras. Después compareció otro concepto, si cabe más resbaladizo: literatura juvenil. Dios mío, qué será esto, se preguntaron algunos, mayormente si algo creían saber de literatura. ¿No es toda ella joven, si quiere ser? “Quién que es no es romántico”, dijo Rubén Darío –otro autor en plena efemérides-, y dijo bien. Traducido a lo que nos trae hoy aquí: ¿Qué excitante y turbadora literatura no lo será también para los jóvenes? Nadie sabía –su autor mucho menos- que El guardián entre el centeno cubriría todo el espectro lector; tampoco que Trafalgar serviría para abrir la mente y el corazón de nuestros muchachos a la desdichada historia de este país, al que todavía llamamos España. Ni Salinger ni Galdós escribieron para ellos, pero tampoco sin ellos, porque tuvieron que meterse a fondo en los entresijos de alguien que  está empezando a conocer el mundo.
         Tal vez por eso, en el caso de la llamada literatura juvenil, no tengo el menor atisbo de cuál pudo ser su acta de nacimiento, como no sea tirando de mi experiencia personal. Creo que fue con  la lectura de tres libros que ocasionalmente andaban a mi alcance: Viaje a la luna, de Julio Verne, las Aventuras de Guillermo Brown, de Richmal Crompton, y Las mil y una noches, de una legión de autores anónimos. Tres mundos, ya ven, tan admirables como dispares. La fantasía científica, las travesuras de un niño impertinente, capaz de desafiar a toda una sociedad tardovictoriana,  y las múltiples aventuras orientales de un libro de cuentos con acarreo de siglos, la mayoría de ellos anteriores al islam. Todo intento de encontrarles un denominador común parecerá destinado al fracaso. A menos que… a menos que nos fijemos en un hilo sutil que me parece cose todas esas historias: ell del espíritu de rebeldía, la transgresión …, en suma, el hilo de acero la libertad. La rebeldía científica, que adelantó la llegada del hombre a la Luna, con un ejercicio de imaginación pura. La de aquel Guillermito que ponía de los nervios a una clase social remilgada (nosotros entreveíamos algo más; algo de lo que podía ser una sociedad democrática, que se permitía el lujo de criar a sus expensas a un mocoso contestatario). Y, por último, la libertad de un marino que se echó a los siete mares porque sí, más las veladuras eróticas de los cuentos de Sherezade, que fueron, en mi humilde opinión, las que contuvieron el hacha de aquel temible sultán, desesperado de amor.  De la literatura de anticipación del francés han venido innumerables autores y obras -un poco hasta el hartazgo, todo hay que decirlo-; descendientes directos de Guillermo Brown son Pippi Langstrum (antes de ser domesticada para una serie de televisión), y el espíritu desafiante que impregna buena parte de la obra de Roald Dahl (cuyo centenario, por cierto, celebramos este año). (Por falta de centenarios no nos quejaremos). “Imaginación constructiva”, lo llamaremos también, con Gianni Rodari, a todo ese aparente desorden. Y ya que estamos en Italia, el mismo en que vivía Pinocho, cuando era un muñeco dislocado, pero feliz, y se negaba a convertirse en un niño de carne y hueso, eso sí, muy bien educado en el desorden oficial.
         Pero ahora que lo pienso un poco mejor, hay otro hilo sutil  que conecta aquellos tres mundos. Tan sutil como que se trata de una ausencia: la ausencia total de doctrinas.  Lo mismo que ocurre, es curioso,  en los cuentos populares, los auténticos, claro está. No los adaptados, edulcorados, recortados… con moralinas y moralejas a granel. (¡Cuánto  molestaban a Ana María Matute las moralejas! “Los niños son niños, no tontos”, solía decir. Con ello invitaba a que se les dejara extraer, a ellos solos, la secreta sustancia de que son portadores los cuentos, sin andaderas ni postizos. En su nombre, me permito decir:  ¡Vade retro, moralistas! ¡Aquí no pintáis nada!  No metáis vuestras narices en asuntos tan importantes. (No sé si saben que Las mil y una noches es actualmente un libro prohibido en la mayoría de los países con fuerte presencia islamista. Ahí lo tienen. Pero no nos pongamos más tristes de la cuenta, por lo menos esta tarde). 
         ¿Por dónde iba? Ah, sí, que con todo lo que ha llovido –desde luego en las Ferias del Libro de Sevilla, tercer acontecimiento anual donde los ciudadanos andan mirando hacia arriba- aún son lícitas algunas preguntas iniciales. ¿Qué es todo ese barullo de la literatura infantil y juvenil? Cómo, por qué, con qué finalidad, si eso no había existido nunca. Para la primera, la infantil, contamos con la socorrida apelación al niño interior, ese que se niega a crecer dentro de cada uno de nosotros, por nostalgia incurable –dicen-, del Paraíso Perdido. Con él nos solazamos en la creencia de seguir siendo niños, más un correlato extraño: que a la infancia hay que preservarla del tormentoso mundo de los adultos. Curiosa paradoja, que desata dudas razonables, en primer lugar, de si no estaremos exagerando la nota. Y no son de ahora.  Ya aparecen en un libro que escribió Bruno Bettelheim (sí, el del Psicoanálsis de los cuentos de hadas [3]), en otro libro suyo, menos conocido pero en mi opinión  tan importante como aquel, o tal vez  más, escrito con Karen Zelan, una colaboradora suya de la Escuela Ortogénica de la Universidad de Chicago: Aprender a leer [4] El título en español no es muy acertado. En inglés lo que dice es: “Aprender a leer: la fascinación infantil por el significado”. Presten mucha atención a esta última palabra: significado.
         Según diversos estudios que ya se venían realizando en EEUU, desde mediados del siglo pasado, y aun de antes, sobre niños con problemas de adaptación (incapaces de aprender a leer y escribir, por ansiedad, baja estima, hiperactividad, e incluso por autismo), ocurrió que en todos esos casos funcionaba como terapia un aprendizaje de la lectura basado en el interés del neófito por el significado.  Las aburridas cartillas de los comienzos no conseguían motivarlos de ninguna manera. Los autores del libro pensaron, con buen criterio, que ese problema podía darse en la generalidad de los niños, cuando empiezan a leer y a escribir, solo que no se detectaba. ¿Por qué? Sencillamente, porque no se quería detectar. En las encuestas que se hicieron, algunos chicos empezaron a decir la verdad. “Lo habrían pasado mucho mejor, si las historias hubieran sido, o bien verdaderas, como la vida misma, o verdaderamente fantásticas, como los cuentos de hadas”. [5] Recuerden a Mafalda, cuando  le dice a su maestra, empeñada en  “mi mamá me mima, amo a mí mamá…”: “Señorita, ya sabemos que sus relaciones materno-filiales marchan estupendamente. Ahora, por favor, cuéntenos algo interesante”.  (El otro día mi nieta Adriana, de seis años, también soltó algo parecido. Asistíamos a un espectáculo de títeres, muy estilizado y perfectamente neutro, y de pronto va y me dice: ¿Pero cuándo van a contar una historia?)
           Lo que pasaba, en EEUU, es que los intereses de las editoriales iban por otro lado. Principalmente, por no levantar objeciones en ningún sitio. “Al querer complacer a todo el mundo –dicen los autores del estudio- estos libros acaban por no complacer a nadie”. [6]  En la observación de lo que estaba ocurriendo, vieron que, conforme se ampliaban las ventas, descendía el número de palabras utilizadas en esos libros, y desde luego no se hablaba de ninguna cosa que pudiera molestar a nadie. Poco a poco, se estaba instaurando el temible imperio de “lo políticamente correcto”. También notaron que el exceso de dibujos distraía, en lugar de ser útil. Esto último plantearía, en estos momentos, un problema de alto voltaje: ¿hemos de suprimir las ilustraciones? Ya digo que no. Y aprovecho para hacer el elogio de los magníficos ilustradores que hay en España, sin los cuales mis propios libros serían mucho menos de lo que son. Pero, de acuerdo con esos mismos estudios, hay que extraer una recomendación, que me parece de validez universal: la ilustración no debe repetir el texto, ni competir con él, sino estimularlo, ampliarlo y hacerlo más atractivo. Tampoco sirve una magnífica ilustración al servicio de una bobada; servirá para vender una edición, pero luego se extinguirá como el humo.  La conclusión, para estos autores, es que “solo aquellos para quienes la lectura estuvo dotada, en una edad temprana, de algunas cualidades visionarias y de significado mágico, llegarán a ser instruidos” [7] Observen que no dicen “de contenidos morales” o “enseñanzas prácticas”.  En lo visionario y en lo mágico, como en Alicia, yo incluyo todos los símbolos a los que aluden los grandes cuentos maravillosos, y todas las travesuras, disparates y humor descacharrante de los viejos cuentos de costumbres, como el de La niña que riega las albahacas, aquel en que una jovencita muy lista le da su merecido a un príncipe acosador por donde más le duele…[8] por ahí, justamente. Y los de animales,  bien lejos de las edificantes fábulas dieciochescas, la pobre Zorrita del Raposal, siempre sale triunfante del perverso señor Lobo del Loberal.  Siempre, vence la inteligencia de la primera. (A propósito, no dejen de leer la versión actualizada del Calila y Dimna,[9] un trabajo magistral de José María Merino, donde ya aparecen algunos de esos cuentos). Todo eso se inventó hace mucho tiempo, pero está bien que tan conspicuos analistas lo ratifiquen.   
                  El caso es que el invento de las literaturas infantil y juvenil –separadamente, por favor-  funcionó. ¡Vaya si funcionó! Mucho antes de que acertáramos a definirlas, y a buscar respuestas a incómodas preguntas, pasaron a constituir un renglón muy pujante de la industria del libro, y en ciertos casos se han convertido en salvavidas del sector. En torno a un 15% de esa industria se mantiene gracias a esos libros. (Hoy, además, andamos pendientes de si se hacen o no la competencia a sí mismos, en los formatos digitales; pero dejemos eso para otro día).  Por más preguntas que se hicieran, la masa seguía creciendo, creciendo… Y hasta hubo escritores de “literatura seria”, que miraron un día a la infantil o la juvenil, con algo de curiosidad y… otro tanto de interés. (Seamos benévolos). Pronto se percataron de que no era tan fácil como parecía. No por eso creció el concepto, hasta ser admitido como una más entre las nobles artes literarias. Se la siguió mirando con un cierto desdén, o con paternalismo, que no sé qué es peor. Los hechos son tozudos. Ambas rúbricas se pasan la mayor parte del año ausentes de los grandes medios de comunicación, como si estuvieran de vacaciones perpetuas. Hace un par de meses,  un destacado columnista de un poderoso medio, de ámbito nacional –me sigo refiriendo a España- ,  reparó en Celia en la Revolución, el libro de Elena Fortún, como si esta fuera una desconocida. Lo sería en su ambiente habitual.  Los que nos dedicamos a esto otro, mal que bien conocemos hace tiempo a la escritora madrileña, a pesar de que tuvo que huir de España y fue eclipsada, como tantos, por la Guerra Civil y el exilio). (Dejaremos también para otro día el triste capítulo de los escritores que, durante la República, escribieron para niños, con criterios de libertad, de solidaridad y hasta de igualdad de género; y de aquellos otros que se plegaron dócilmente a las exigencias del nuevo régimen. Pero no me privo de contarles otra cosa que vi hace poco en una exposición de libros antiguos infantiles, al hilo de un encuentro de marionetas. (Vaya con los muñeco,  ¿por qué será?) En una vitrina había un ejemplar de la revista Pelayos, del año 43  –no sé si saben, un panfleto  que el franquismo se sacó de la manga para aleccionar a los niños en sus rabiosas doctrinas. En la portada se ve un teatrito de guiñol, donde un fornido falangista aporrea sin piedad, con su cachiporra,  a otro muñeco que representa a un “diablo rojo”, con cuernos y todo. Para eso sí servían los títeres. Cierro paréntesis). Por todo eso -a lo que íbamos-, se han definido esos quehaceres literarios de rango supuestamente menor como literatura invisible. Solo un par de veces al año (el día de Andersen, el otro… no me acuerdo), se repara en su existencia. Por eso agradezco tanto más que esta Feria del Libro de Sevilla se haya dedicado a ella, a la invisible, sin el menor recato y sin encomendarse a Dios ni al Diablo, del color que sea.     
         Ahora hablemos de cosas más sesudas. Hoy hasta se le pide a esas literaturas secundarias -¡por favor!- que hagan lo que otros no saben hacer: crear lectores. Caramba, esto son palabras de mayor fuste. ¿Dónde está escrito que la literatura infantil-juvenil, o infantil a secas, sirva para desarrollar el gusto por la lectura, de tal modo, se supone, que permanezca como afición indeleble? Y que no desemboque en aquello que le ocurrió a Daniel Pennac, que un día lo sorprendió un niño leyendo y le preguntó: “¡Anda, ¿tú todavía lees?” Leer era cosa del cole, y ya está. (Mucho ojo con esto, no hagamos de la lectura una odiosa obligación). Lo interesante es cómo para esa misión, cercana a lo imposible, se han aprestado voluntarios de toda índole: animadores culturales,  cuentacuentos, bibliotecarios, clubes de lectura –estupendo invento-, además de padres y maestros que, huyendo de la rutina pedagógica, e improvisando muchas veces, han llevado a la práctica lo que solo se basa en una intuición: que había que encontrar espacios alternativos a los de aquellas tertulias de antaño. Por ejemplo,  la hora del cuento de los colegios, la hora semanal de lectura, por lo menos en los centros andaluces – algo es algo-, las sesiones de contar en muchos escenarios,  por  gente que se ha ido especializando en esta  hermosa tarea, más bien por aproximación. Me falta definir otro ámbito maravilloso:  a la orilla del sueño, cuando padres,  y abuelos, que para eso están también -además de arrimar recursos a las menguadas economías familiares-, cuentan o leen todas las noches un cuento, o un poema, antes de que los niños se sumerjan en el desordenado y excitante país de las maravillas.  Desde aquí, pues, mi modesto reconocimiento a todos esos agentes de la lucha contra el desaliento lector, porque se han echado encima la ingente tarea de ir preparando la mente infantil al gusto literario, a través del placer de escuchar, y luego el de leer, según una curiosa complicidad de los mecanismos de una mente en ciernes, a la que vengo llamando el oído lector. Otra paradoja, en la que me voy a detener un momento.    
         De siempre hemos sabido que a los niños les gusta que se les cuente un mismo cuento, o se les cante una canción, de manera repetida, punto por punto idéntica a sí misma. ¡Ay de aquel gato enamorado que se cayó del tejado, por puro amor y por sus pasos contados, ay de aquel Gallo Kirico que, una y otra vez, había que contar con todos tramos, sin saltarse uno! ¡Y sin alterarlos! Primero la malva, después la oveja, después el lobo… Ya saben. Por algo sería, que los niños no son tontos, como decía mi hada madrina, ni sádicos, añado yo, queriendo someter a los adultos a esa prueba.  Los papás, los maestros, los abuelos, los cuenteros…, bien sabemos de esa extraña persistencia en la demanda infantil de historias o de lo que sea que esté bien contado o bien cantado. Lo que pasa es que el mero hecho de constatarlo no explica el fenómeno. ¿Por qué ocurre eso?
         Ahora resulta que, sobre esa intuición del poder de un relato, o de un  poema, tal cual repetido una y cien veces, ha venido en nuestro auxilio, asómbrense, ¡la neurociencia! Así, tal como suena. Una buena serie de artículos en revistas especializadas, en torno a la Teoría de la mente, han descubierto cómo actúan en el cerebro las historias literarias. De esos trabajos se hace eco el profesor Juan Mata, de la Universidad de Granada, en varios artículos, que encontrarán aquí debidamente citados. [10] En ellos se pone de manifiesto, resumiendo mucho -lo que admite un pregón-, cosas como que la lectura permite la modificación y reorganización de los circuitos neuronales, mediante un ejercicio complejo, para el que el cerebro, en principio, no está dotado, y que esa adaptación activa las neuronas de un modo extraordinario. También que  “la imagen por resonancia magnética está permitiendo confirmar que la lectura de textos literarios produce cambios profundos en la función y en la estructura del cerebro”, con efectos tales como un nuevo incremento de la conectividad neuronal, y la apertura de la mente -¡atención!- “a un mundo más abierto, flexible y creativo”.  Esto último, se entiende, una vez el mecanismo está consolidado. Pero ya la narrativa tradicional lo tenía en cuenta, al desplegar en la tertulia un abanico muy amplio de historias. Un abanico que, por sí solo, conducía a la crítica y la autocrítica, en un atareado juego de historias de especies contrarias. El Gallo Kirico tenía su contrapeso en El Medio Pollito (ojo, este último interesó a todo un Jacques Lacan en uno de sus seminarios). Después de un cuento maravilloso como el de El príncipe encantado, donde la hija de un jornalero consigue liberar a un príncipe de sus múltiples ataduras, con final de matrimonio interclasista, y por puro amor, se contaba el de aquel rudo pero inteligente pastor que, tras lograr la mano de la princesa, en un concurso de habilidades, la desprecia por mentecata. Claro que esos cuentos no pasaron a la estampa, hasta que algún osado se empeñó en hacerlo. Finalmente –a nuestro propósito de hoy-, dice el investigador granadino:  “el lenguaje nos afecta intelectual y emocionalmente, tanto a través de su contenido como de su estructura”. Esta última palabra, como comprenderán, reviste particular importancia para un incorregible estructuralista, como este que os habla. Ya ven que no estamos hablando de cosas de tres al cuarto. 
         Ahora se comprende un poco mejor aquella insistencia de los niños en escuchar repetidamente una misma historia, sin cambios ni añadidos. Porque les ayuda a construir el andamiaje mental, la básica y simple capacidad del conocer, aquello que Machado –siempre Machado- llamaba las entendederas. De ahí que cuanto mejor esté construida una historia, o más atractivo sea un poema, por sus diversos ritmos, más se adapten a esa función primera de la mente. No es ni siquiera preciso que informen de contenidos concretos. Sirve el puro disparate, pero que esté bien dicho y bien construido. Suelo decir que el surrealismo no lo inventaron los surrealistas, ni siquiera Lewis Carroll, sino los coros de niñas en los atardeceres de aldea. “Del hueso de una aceituna / tengo que sacá un tintero, / del tintero una pluma, / de la pluma un palillero”. Si modificamos la estructura de una historia, o de unos versos insuperables, estamos moviendo un andamiaje mental recién levantado. Por eso protestan los niños cuando no te acuerdas de cómo era aquello…, pues sucede que aquello estaba consolidando su capacidad intelectiva. Así que: “¡Pachín, pachín, pachán, mucho cuidado con lo que hacéis, pachín, pachín, pachán, a Garbancito no piséis!” 
         Y con este cantarcillo vamos terminando, pero con regreso al futuro, si os parece, quiero decir,  al modelo que siempre nos puso por delante la literatura oral, y bien cerca que la teníamos, aunque algunos, a veces muchos, no quisieran verla.[11] Por lo bien construidas que están sus historias es por lo que a los niños de hoy les siguen interesando, importando, con todos sus conflictos, los que han de prepararlos, simbólicamente, para la vida. Si una niña y un niño son abandonados por sus padres en medio del bosque, la enseñanza está bien clara: espabila, porque le puede ocurrir a cualquiera, y mira cuánto te quieren tus padres, que no hacen eso. (Desde aquí dirijo un pensamiento estremecido a los niños que hoy están hacinados  en las fronteras del miedo; el miedo a las guerras y el miedo a la sociedad opulenta que los rechaza. Claro que es esa misma sociedad la que ya está rechazando a sus propios niños; no hay más que acercarse a los barrios empobrecidos de nuestros pueblos y ciudades. ¿Qué contarán o qué cantarán las madres por las noches, en esos campamentos del horror, y en esos  bloques donde ya no se enciende la luz, porque hay que elegir entre comer o calentarse?) La opción no es una infancia sobreprotegida, que choque de pronto con la cruda realidad.  Proteger la inocencia de los niños no es incompatible con formarlos. Conviene estar prevenidos y ponerles palabras a los miedos y a las pulsiones inconfesables. Para eso están todos los Pulgarcitos y todas las Blancanieves y Cenicientas que en el mundo han sido, desde el Egipto antiguo a la China dinástica, de los cortijos andaluces a las estancias y ranchos de Hispanoamérica.   Y las Bellas Durmientes, cuando se cuenta la historia completa, claro está. Y los “Bellos Durmientes”, que también existían en la literatura oral, con otros nombres. No fío de  las trivialidades en las que un niño no puede proyectarse de ninguna manera. Fío más de las obras que ellos descubren por sí solos, más que de cien recomendaciones ilustradas. En aquellas suele haber serios conflictos. Chico problema tiene el Gallo Kirico, con su pico manchado de caca de vaca, y que en vez de buscarse aliados que le ayuden a resolverlo,  se dedica a enemistar a todo el mundo con todo el mundo. Menuda tragedia la que se desata en el corazón de Blancaflor, por huir de su padre, el mismísimo Diablo, siguiendo a un príncipe olvidadizo; tanto, que por él será capaz de abandonar su condición inmortal, pero infeliz, por la de mortal enamorada.[12] También nosotros hemos de seguir el impulso ingobernable de la creación literaria, sin adjetivos, la energía triunfante de los libros que no se dictan. Por eso reivindico a las literaturas infantil y juvenil, sean lo que fueren, como a cualquier otra que nos conduzca en el inmoderado deseo de vivir otras vidas; de conocer más mundos de los que llegaremos a ver, por mucho que viajemos; de intentar poner un poco de orden en el desordenado mundo inferior; de sentir, en fin, el pálpito de otros sentires, como si fueran los nuestros, porque lo son.
Gracias.

                   
   




[1] Don Quijote II, cap. 22.
[2] Acerca de la importante presencia del folclore en la novela de Cervantes escribí un artículo en 2006: “El Quijote como cuento maravilloso”, en Cuatro novelistas sevillanos hablan de Cervantes y el Qujote. (Ateneo de Sevilla, 2006). (Los otros tres novelistas son Julio M.de la Rosa, Antonio Cascales y Eliacer Cansino.
[3] Ed. Crítica, Barcelona, 1977.
[4] Ed. Crítica, Barcelona, 1982.
[5] Ib. p 24
[6] Ib. p 27
[7] Ib. p 58
[8] Véase mi versión dramatizada de este cuento en Ed. De la Torre, Madrid, 1996. Actualmente está en cartel por Dos Lunas Teatro. Sevilla.
[9] Ed. Páginas de Espuma (Madrid, 2016).
[10] ”Una aproximación a la literatura infantil desde la neurociencia”. Rivista di Storia dell´Educatione. Anno 2, 2, 39-49.
[11] En un pequeño libro, Del hueso de una aceituna (Octaedro, Barcelona, 2009), he inventariado 63 géneros de tradición oral. 
[12] Este asunto lo trato con amplitud en el quinto relato de El bosque de los sueños. (Madrid, Anaya, 2005), a través de la narración en contrapunto de dos heroínas contrapuestas: Medea y Blancaflor,.  

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Este texto, editado por Algaida, estará disponible gratuitamente y hasta agotar existencias. 
Solicítelo en la Feria del Libro de Sevilla.

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